
Ocurre que cada vez que leo este cuento siento cierta emoción dentro de mí, como si estuviera viendo al pobre de Z ahí, al frente mío, tirado en el suelo y oyendo como el palpitar estentóreo de su corazón agonizante inunda todo el lugar. Diástole...siástole: tac, tac, tac.
Es un estruendo, ese ruido inunda mis orejas llegando hasta lo más profundo de ellas: primero el tímpano, luego el martillo, hasta llegar al sáculo, haciéndome perder el equilibrio.
¡Oh no! !qué sonido tan agudo...tan imponente¡
Y yo viendo la terrible degraciada acaecida al joven Z, frente a mí tan asquerosamente postrado.
Tantos males dentro de un solo individuo solo falta el treponema pálido atravesando sus venas como heraldo de que la muerte se avecina cada vez más rápido, atrevasando las arterias con un galopar insistente, desgarrando vísceras a su paso, demoliendo órganos con su casco.
¡Oh joven Z! Supongo que lo de no bien admirado es por esto, ser el último de un abecé de circunstancias, donde todas ellas se juntan formando una sola, en la última (Z) una vorágine de traumatismos que a los otros deberían haberles ocurrido, pero por degracia -evidentemente mal habida- a Z le tocó cargar con todo ese mundo de tragedias.
Un organismo lleno de úlceras, várices, hemorroides, tan prontamente ocurridas es como ver al joven Gray despedazándose ante su espejo. !Oh señor Wilde pobre del destino de nuestros personajes¡
Caramba, caray.
Ya se murió.
El joven Z solo dejó un abecedario de dolencias a su paso, toda un enciclopedaia de tragedias en su andar.
Ramiro Guerrero
