
"Nosotros cantaremos a las grandes masas agitadas por el trabajo, por el placer o por la revuelta: cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, cantaremos al vibrante fervor nocturno de las minas y de las canteras, incendiados por violentas lunas eléctricas; a las estaciones ávidas, devoradoras de serpientes que humean; a las fábricas suspendidas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; a los puentes semejantes a gimnastas gigantes que husmean el horizonte, y a las locomotoras de pecho amplio, que patalean sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados con tubos, y al vuelo resbaloso de los aeroplanos, cuya hélice flamea al viento como una bandera y parece aplaudir sobre una masa entusiasta. Es desde Italia que lanzamos al mundo este nuestro manifiesto de violencia arrolladora e incendiaria con el cual fundamos hoy el FUTURISMO porque queremos liberar a este país de su fétida gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios. Ya por demasiado tiempo Italia ha sido un mercado de ropavejeros. Nosotros queremos liberarla de los innumerables museos que la cubren por completo de cementerios."
Marinetti, Manifiesto futurista
La primera vez que leí algo de Marinetti, me pareció simplemente algo detestable, el hecho de encontarar alguna señal de belleza en el frío acera y aún en la guerra, me parecía completamente ilógico y fuera de lugar pensar en que algo tan carente de vida como los metales, superficies nauseabundas saturadas de emisiones de gas, colores pálidos y chillidos de engranajes sin aceitar pueda resultar hermoso. Creo que me equivoqué. Hoy vi el corazón de un auto, vi su motor abierto y todas sus partes regadas con sangre negra: un poco fétida, un poco lodosa, pero definitamente encantadora. No sé qué me pasó pero al contemplar tal imagen me sentí maravillado por la habilidad del hombre, nunca había imaginado la sensación que un evento como este provocaría en mí.
Vi un segmento destrozado de un corazón mecánico tan parecido al ventrículo izquierdo de aquel órgano humano. ¡Qué imagen tan perfecta!. Aquel frío metal opaco; aquellos gruesos tubos cromados, aquellos que alguna vez fueron serpientes de hálito explosivo, de rugir incandescente, de veneno nauseabundo y putrefacto que de tan etérea manera huye y gangrena los reductos íntimos de aquellos tristes mortales de la urbe; esos engranajes ávidos de movimiento. Aquellas ruedas, anhelantes de destrozar a su paso toda superficie, incendiadas por la fricción con el pavimento, pretenden ser caballos furiosos en desbocada carrera, infinita, de violencia arrolladora.
Creo que nunca contemplé a tal artefacto com un vehículo que flamea por las avenidas con velocidades exorbitantes que aniquilan la retina con su aslato violento, maravillosos artefactos de cromo.
Aunque nunca compartiré con el signore Marinetti esa execrable afición a la guerra, afirmó mi latente amor al peligro, a la temeridad, al coraje, la audacia y rebelión de sus poesías y al boato con el que muestra esa gélida creación inerte y yerma.
Ramiro Guerrero
